viernes, 29 de abril de 2011

ROMPER LA VIDA (muerte y desamparo)


Canon EOS 40D
Canon 50mm f/1.8
f/22 1/80
ISO 100
RAW

Este es el título de la escultura de Juanjo Akerreta situada en la Plaza del Baluarte, de Pamplona.

Existe abundante literatura sobre el análisis de las manifestaciones artísticas, tanto en su vertiente más general como más concreta. A los que os interesen este tipo de cuestiones, aunque más centrado en la fotografía, os recomiendo el libro “Cómo se lee una fotografía”, de Javier Marzal Felici.

Hay un tipo de análisis, de principios un tanto radicales, según mi parecer, que sostiene que lo realmente importante a la hora de valorar una obra de arte, es lo que viene determinado por todo lo que rodea al observador: sus conocimientos, prejuicios, tendencias, gustos, experiencias… de tal modo que nada importa lo que el autor haya querido transmitir o expresar, sino lo que el observador siente o deduce que expresa el autor, independientemente del grado de “cercanía” o “lejanía” respecto de la verdadera intención autoral.

Esta pequeña introducción viene a cuento porque, cuando observé la escultura, me enfrenté a ella en “estado puro”; no había visto ni leído nada sobre ella. Mis únicos datos en ese momento para contextualizar la obra fueron los que proporciona una placa sobre el pedestal en la que figura el nombre del autor y el subtítulo “Homenaje a las víctimas del terrorismo”. En ese momento “vi” con bastante claridad que los dos personajes se correspondían con un terrorista en el acto del disparo y con una víctima que cae aparatosamente por efecto del mismo. La aparente incongruencia del pequeño tamaño del victimario me pareció un feliz hallazgo del escultor al suponerle la intención de equiparar su tamaño físico, material, con su tamaño moral ante la realización de tan execrable acto.

En la realización de esta fotografía quise mimetizar un poco la intención del autor (la que yo suponía que era su intención) a la vez que homenajear al propio escultor, oscureciendo la figura del asesino hasta dejarlo, prácticamente, en una silueta. Por contraste, la víctima queda resaltada en su dramático movimiento. La elección del “tiro de cámara” no obedece a otra cosa que al fondo uniforme que me ofrecía un centro comercial sito en dicha plaza, y que ayuda a evitar cualquier distracción centrando todo el interés en la obra escultórica.

Pues bien, mi sorpresa fue mayúscula cuando, por puro azar de la navegación internauta, leo las explicaciones del escultor sobre su obra: “Aquerreta explica que su obra consta de dos figuras relacionadas; la primera representa un personaje que ha sido tiroteado desplomándose hacia atrás en una curva que intenta expresar la máxima violencia (como un rayo). Y la segunda, un niño, asombrado todavía, que inicia un gesto de abrazo que está siendo robado por el asesinato de su padre, expresando la violencia máxima del robo de la vida y el desamparo de los que se quedan”.

Esta anécdota ilustra la conveniente cautela y prudencia con que hay que acercarse a la lectura de las críticas de obras de arte (sean estas pinturas, esculturas o películas), sobre todo en lo que se refiere a su significado.

En cuanto a la fotografía, de haber contado con esta información en el momento en que la hice, no hubiera oscurecido el personaje del niño, sino todo lo contrario, ya que entra en franca contradicción con la intención de Akerreta.

De atender al análisis que he descrito en la introducción de este comentario, mi actuación estaría plenamente justificada. Es más, la opinión de cualquier observador que hubiera visto en semejante oscurecimiento un defecto de técnica o iluminación, también. Y así hasta el infinito, en una permutación de papeles en la que el observador-espectador sustrae al autor su función deífica.

He de reconocer que tengo serias dificultades para adherirme a esta visión anarco-interpretativa de las obras de arte. La explicación de los motivos sería objeto de otro tipo de blog. Por el momento, me basta con este.

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